POR TOMÁS LLUNA
    ILUSTRACIONES AMADEO ZAGO

     

    Una banda skatera hermosa que las hammers que no bajaba arriba del skate, las bajaba en la vida real. “¿Vos te pensás que sacás los pies de la tabla y dejás de ser skatero?” era la pregunta que el Homie siempre le decía al Cogo antes de hacer algo estúpido.

    Esta bandita de tres ratas skateras estaba disfrutando su primer tour costero por Marpla. Bien rasta, nada de plata, veinticinco horas de calle por día y dos colchones para repartir en la noche: puro goce.

    Empezaban todas sus mañanas en la Plaza Mitre, una pista muy linda para entrar en calor. Temprano hay poca gente y la banda local se motiva bastante en la sesión. De ahí ya estos pibes se prendían en la que sea: en los pocos días que tenían habían chantado por Varese, los planos de Alicante, Playa Grande, habían hecho unos downhills, y con ayuda de los locales habían recorrido spots secretos. Un bowl bastante crocante y ni mencionar los miles de que ya habían visto por videos antes de ir.

    El Homie tenía una facilidad para hacerse amigo de cualquiera, su poco filtro y su buena onda mostraban su transparencia. No era el que mejor patinaba de la banda. Era poco habilidoso, la verdad, arriba de la tabla. Se pasaba mucho tiempo en el piso. Tampoco ayudaba su predisposición para escabiar todo el día. Inclusive sin plata, entraba a cualquier mercadito y salía con una chela.

    Patagonia, pechito azul, Stella, la que vos quieras. Todo lo tosco que era arriba de la tabla se le iba cuando tenía que entrar a un super chino o al Carrefour. Hasta se sacaba unas papas o manises para la banda, pensaba en todo.

    “Es que mirá cómo estamos, perro, ¿me vas a decir que no era lo que faltaba?” festejó el Homie mientras pateaba llegando a los planos de Alicante, sin remera, con una chela en cada mano y un tubo de Pringles que se asomaba del bolsillo.

    “Listo, Cogo, ahora rompete ese” remató el Pela goteando chivo de la sesión.

    El sol ya no se veía, el cielo estaba naranja. El Cogo sacó una lata de rulemanes Woodoo, la de Tatu Martínez, la abrió y sacó un pedazo de paraguayo. Lo empezó a picar con las manos y apoyado en el borde del spot, con su mirada fija en el mar.

    El Cogo, como lo indicaba su sobrenombre, era un fumón pero nunca tenía flores. Su apodo se lo había ganado por su optimismo. Vivía encontrando “cogollos” en el paragua. “¡Ohh, mirá este cogordo!” solía festejar mientras desarmaba de manera experta las piedras duras de churro prensado. Ese día también encontró un par.

    Aquel fin de tarde fue la postal de su tour por la costa. La mayoría de los días después de callejear, revolear por algunas escaleras, discutir con vecinos, correr de la gorra y tratar de conseguir números de pibas, terminaban mirando el mar. Ya de noche, encaraban para la Bristol.

    Nunca una joda en un boliche. No tenían plata y tampoco ganas, las horas y horas de patear la calle hacían que murieran ni bien volvían al monoambiente que la hermana del Cogo les había prestado.

    Entre el Homie y el Pela se turnaban para dormir en el otro colchón, porque el Cogo por ser “dueño” tenía asegurada la cama. La tercera opción era una cama improvisada con una frazada y la ropa del tour. Si el olor del monoambiente era difícil de describir, ni te cuento respirarlo.

    Demasiado nocivo.

    Por eso trataban de cansarse lo más posible durante el día, para tocar el colchón y plancharse.

    El último día del tour activaron temprano para la Mitre porque a las tres salía su colectivo para Capital. Más temprano que nunca. A las seis de la mañana estaban ahí. No había nadie en toda la plaza más que un frito durmiendo en un banco.

    El día estaba ideal. El aire fresco matutino, mucha paz y nada de viento. El sol empezaba a calentar y no había una nube a la vista. La pista parecía lista para una compe o algo así, ni una ramita, ni un charco, limpia como nunca.

    En el cruising para calentar, los tres sintieron el cansancio del tour. El resultado de tantos días sin una elongada, las camas de mierda, la pésima hidratación. Todo se les juntó en las piernas y no les permitía bajar ni un bores.

    La imagen era triste de ver. El ambiente invitaba a patinar, calorcito, una mañana super chillera. Ni un otro skater en la pista más que la banda, pero no había caso. Erraban los flips, cuando lograban caer arriba de la tabla, no podían seguir andando. Ya tratar de fluir sin picar se les complicaba, no parecía haber remedio.

    “¿Qué onda, la concha de la gorra?” gritó el Pela odiado cuando casi se parte la cabeza al no poder subir bien al plano.

    “Jaaaaa” extendió su queja el Homie, “ahora sabes cómo se siente” y se sentó en el cajón de arriba del plano, riéndose de su suerte.

    A los segundos se le unió el Pela. Había quebrado la tabla en un intento de flip varial de piso. De la bronca que tenía había querido bajarla con fuerza y el resultado había sido el menos buscado. El Cogo le seguía poniendo onda pero desistió al ver que había quedado patinando solo y tampoco podía bajar una.

    “Na, solo me aburro más” explicó el Cogo.

    “Parece a propósito, está perfect para chantar, amigos.”

    El Pela no hablaba. No estaba acostumbrado a errar tanto, tenía ganas de irse a la terminal y esperar el colectivo allá. A la mierda.

    De repente escucharon un skate. Los tres se dieron vuelta para ver a un pibe que hasta ahora no habían visto nunca antes por la pista. Roll in al cuarter chico y backside fifty a la baranda en bajada. Un fifty sólido, los trucks cruzados y trabados en la baranda desde que se montaron hasta que se bajaron.

    El impulso que agarró de la baranda lo llevó directo a las tetas, un no comply 360 –270 corregía siempre el Pela, porque robás 90– en la pirámide que hizo un ruido hermoso, de los primeros sonidos de la mañana. De ahí, derecho a donde estaba la banda, sin patear.

    “¡Qué bien esta banda de AM en la pista!” dijo con una buena onda resaltada por su sonrisa y ofreciéndoles el puño para saludar a cada uno. Llevaba un gorro de lana con el borde doblado ancho. Sus ojos estaban todavía pegados, recién levantado.

    “Apagados, está hermoso pero no la hacemos.” explicó el Homie en nombre de la banda. “Jatejoder, ¿cómo que no la hacen? ¡Vamo’ andar!” se sacó la remera y la dejó al lado de los pibes. Era flaco como un palo. Un cordón ataba el jean para que no se le cayera. Vació sus bolsillos y puso un atado de puchos y el encendedor arriba de la remera. Las zapatillas tenían bastantes arreglos de silicona.

    Se acomodó el gorro y se puso a andar. El Cogo vio el nosemanny que hizo Gorrito de tiro en el low to high y se motivó. Al toque se sintió distinto, más liviano. El Homie miró al cielo azul, había una sola nube pequeña. En la plaza, nadie, el frito durmiendo en el banco ya no estaba.

    “¡Ohhh pesado!” aulló al ver una línea back to back entre el Cogo y Gorrito. Se puso a andar inmediatamente.

    La vibra en los skaters había cambiado. Ahora era acorde a lo perfecta que estaba la mañana. Hasta el Pela, que seguía ofuscado, la podía sentir. El sol calentaba más fuerte, los pibes chantaban a las risas. Estaban gozando. No te creas que patinaban sin errar. Se caían, se golpeaban, pero la sonrisa con la que se levantaban parecía aumentar después de cada palo. Gorrito transmitía una vibra increíble. Su manera de andar en skate era mágica. No probaba más de dos veces la misma, y si la probaba una tercera la bajaba. Hacía líneas tocando toda la pista, espejando pruebas. Al mismo tiempo, parecía que estaba improvisando. Como si no pensara qué hacer hasta que se encontraba con el spot. Hasta parecía cambiar de opinión a veces mientras se acercaba a la siguiente prueba y movía los pies en un salto. También parecía hablar solo, el Pela lo veía mover los labios mientras patinaba. Gorrito se acercó al Pela. Agarró un pucho, se secó la cara con la remera y vio el skate partido. “¡Quebraste la tabla! No me di cuenta, si no nos turnábamos con la mía, perro.” “Hay días buenos y días malos…”  dijo el Pela. “Es verdad, pero los días malos pasan por otro lado. Si pudiste andar en skate, ¿cómo puede ser un día malo?” Mientras hablaban se acercaron los pibes. Sin interrumpir, el Cogo sacó un tucón que prendió y giró. “Y, si no bajás una o estás desconectado de la tabla, te golpeás. Vos tenés que entender que la tabla te habla. No importa si las pruebas bajan o no, si te lastimás… tenés que disfrutar cada momento. ¿Cómo aprendés nuevas? Probando y yendo al piso. El suelo te enseña tanto” hablaba agachado mientras sentía el concreto de la plaza con la palma entera, “es como tocar fondo: desde ahí, sólo podés subir. Imaginate que si bajaras todas” Sus ojos se abrieron demasiado, era la primera vez que los abría tanto desde que había aparecido en la pista “¿Qué aprendiste? ¿Te pensás que sabés todo por bajar pruebas? Pasa todo por otro lado, amigo, hacer la demo no importa, no te enseña nada.”

    “Hoy quebré tabla haciendo una de piso.”

    “No te enrosques, perro, es el símbolo de que estás progresando, saliendo de tu zona cómoda, intentando movidas nuevas. Estás disfrutando el skate. Seguro alguno de acá de la plaza o algún amigo te puede pasar alguna usada, eso es lo más lindo de esto que hacemos vos y yo, guacho, que nos cuidamos entre todos, porque todos tenemos un mismo profesor, la misma escuela: la sangre, el piso, el sudor, la calle.” El Pela se quedó pensando, no sabía qué decir. Miraba su tabla quebrada y trataba de ver qué había aprendido.

    “Usá la mía” le dijo el pibe de gorrito pateando el skate y dejándolo a sus pies. La tabla volvió a rodar a los pies de su dueño, quien insistió repitiendo el movimiento. El Pela miró el guatamba con dientes, flores y una mini palmada. Las ruedas debían ser 48mm de lo gastadas. “¿Y si la parto? Está palmada” el Pela pisó la línea marcada en la lija llena de tierra. “Te doy un premio, perro, la tengo hace meses y no se quiere quebrar” estalló en carcajadas, y la banda acompañó. “Dale, vamos a andar” lo incitó el Cogo, y rodó para arriba de la pirámide. Al toque lo siguió el Pela, quien zigzagueó todo su camino probando cómo estaban los trucks, sorprendiéndose de lo familiares que se sentían. “Iguales a los míos” pensó. “Ahora vengo” dijo Gorrito pegándole una calada al tucón y dándoselo al Homie. El Homie miró como el Pela empezaba a fluir conectando cada vez más con la tabla nueva. Se dio vuelta y se rescató de que Gorrito había desaparecido de la vista. En la plaza ya había más gente y llegaron algunos skaters. “¿Qué onda, Homie? ¿No se iban hoy”? preguntó Lauti, uno de los locales que acababan de llegar a la pista. “En un rato, bro, última sesión ahora.” Lauti, que había pegado la mejor con la banda en este tour, nunca los había visto tan encendidos. “¡Qué hermoso cómo progresaron en el toursito pibes! Ya parecen locales en la placita.”. “Vos sabés que recién estábamos patinando con un local, uno que nunca habíamos conocido” le dijo el Cogo. “¿Quién?” – Los tres se miraron, ninguno sabía el nombre. “Ahora vuelve, me dijo” explicó el Homie, “un pibe de gorrito, un estilo muy sólido, super buena onda. Sí, un buena vibra, ancho, medio moderno, pero hacía todas.” A medida que hablaban, Lauti los miraba como a tres bichos raros. “¡No me jodan! ¡Yo sabía que seguía patinando! Nadie sabe su nombre, es un pibe que empezó a patinar con todos los más grandes. Nunca dijo una palabra, le decían el mudo. Cuando le dieron un skate empezó a patinar y con el tiempo, habló. Algunos decían que no patinaba más, pero yo sabía que seguía patinando. Ese chabón es el skateboarding puro.” “Tengo su tabla acá” dijo el Pela, pero al mirar sus pies no podía creer lo que estaba viendo. El skate había desaparecido. “Están bendecidos, pibes, poca gente lo conoce hoy en día. Es una leyenda acá en Marpla. Patinó con Penny, codo a codo la mataba con Milton, pero nunca le interesó filmar, competir, tener sponsors. Es el espíritu del skateboarding en persona, ¡qué orto que tienen! Yo sólo pude verlo patinar una vez.” El Pela buscó por toda la plaza. Tenían que irse a la terminal pero se sentía culpable de haberle perdido la tabla a su nuevo y legendario amigo. Un reflejo en el banco de plaza que había servido de cama al frito más temprano llamó su atención. Se acercó. Flashando reconoció la tabla sin trucks ni ruedas del Gorrito. El Pela quedó de cara. Sus manos temblaban. La lija tenía algo escrito: