EL CHIQUITO MAXI

    Nunca más había vuelto a escuchar del Chiquito Maxi, no lo había vuelto a ver en la pista ni en la plaza. No había vuelto el zoquete. Y eso que yo, no es que fuera la mejor amiga, pero hasta me llevaba bien con su mamá. A ella tampoco la volví a ver por la calle.
    Tampoco me importaba tanto como para ir hasta su casa. Alto gil el Chiquito. La vez que pasé pateando miré así nomás y pude ver que no había nadie, la vi como abandonada. En el skatepark ya nadie hablaba de él, le habíamos perdido el rastro y a nadie le importaba mucho, por pancho bah. “¿El Chiqui? Ni idea, alto carolo” fue, creo, la última respuesta de la banda y yo no pregunté más. Como te digo, ni me importaba.
    La verdad es que Maxi, en su momento, supo ser mi único amigo en esa pista famosa por sus locales molestos. Es que la bandita local es muy muy cerrada y hasta que no pasaron algunos años y varios palos, no me aceptaron. Me ceba ser la única piba que pudo ingresar a esa crew. En esos años que yo me estaba ganando un lugar entre los locales, el único con el que podía charlar sin que quisiera levantarme, que me segundeaba para hacer street o que me jugaba un s.k.a.t.e, era Maxi, el “Chiquito” como le decían ahí.
    Maxi empezó a andar de muy pibito, debía tener calculo 4 o 5 años cuando fue por primera vez a la pista:
    “¿Cómo te llamás, guacho?”, al tiro le dispararon los pibes, motivados por ver a un enano con un skate que le igualaba la altura y vestido con ropa que había heredado y que todavía le quedaba gigante. Muy rapero.
    El enano se quedó en silencio, con la timidez normal de cualquier gurí cuando se le acerca un extraño. El Calle, que en ese momento era todavía más imbécil que ahora, lo bautizó Chiqui y listo, sonó. No hubo queja, palabra o argumento que lograra cambiar su apodo: “El Chiquito”.
    Con el tiempo supieron que se llamaba Máximo, Maxi, pero a nadie le importó. Todos le decían Chiqui. Pobre… El Chiquito Máximo le decían cuando lo nombraban en las interminables charlas en la sombra de la plaza los días de 30 grados. De esos que vas a chantar porque no tenés nada más divertido para hacer pero en la pista no haces más que alternar entre puchito y truchito, esquivando los bolazos que tiran para pasar el rato los vagos skateros.
    Horas y horas pasaba en la pista Maxi. No era bueno, natural, de esas personas que lo agarran y salen, a él le costaba y mucho. Esguinces de todo tipo, se quebró el brazo, una pierna y el pie más de una vez. A mí me encantaba firmarle todos los yesos.
    Lo que a él lo cagaba no era falta de habilidad o la torpeza; era la duda; La cantidad de veces que lo vi abortar a ese pibe. Tener los pies arriba de los tornis y a centímetros del suelo sacar los pies, patear el skate.
    “Ahhhh, ¡ya la tenés chiquito!” le decían y él se mordía los labios de bronca, resignado. Lo bueno era que lo que tenía de callado, lo tenía de terco. Paleaba, comía, como quieras decirle, pero ahí iba Maxi como tonto a probar otra vez. A mi naturalmente ya me caía mejor que el resto de los pibes de la pista. No era ruidoso como los demás; siempre en la suya y fiel soldado de las sesiones nocturnas. Pero cuánta decisión le faltaba a ese muchacho. Abandonaba el barco a último momento, siempre, casi como forma de vida.
    El resentimiento que iba juntando también se hacía notar: odiaba el apodo Chiqui. Esto nunca me lo dijo, pero yo me daba cuenta porque un día le dije Maxi y lo vi sonreír como nunca antes en mi vida.
    Eventualmente mejoró y mucho, pero siempre tenía esa duda, ese vacilar que salía a flote cuando venían las pibas de los rollers o había mucha gente en la pista.
    ¡Zas! Se ponía todo tímido y chau Chiqui, ni nos vimos, no bajaba una. Ni te cuento si aparecía El Calle, que fue quien lo bautizó. El más ruidoso y jetón de la pista. Creo que dos de sus quebraduras fueron cuando este energúmeno estaba “patinando”, tomando vino a los gritos, sin subirse mucho al skate. El Calle gedía más de lo que patinaba. Ya era grande, laburaba mucho, y por suerte para el Chiqui, no frecuentaba tanto la pista como antes.
    De su tímida llegada al mundo del skate habían pasado años ya. Ese niño con el skate a la altura del cuello había crecido una barbaridad. Casi 2 metros medía el Chiqui. Los rulos le sobresalían de su única y mugrienta visera. El chantar todos los días le había hecho ganar una popularidad respetada en varios círculos skateros: “¡El Chiqui! ¡¿Cómo no lo vas a conocer?!”.
    Su popularidad tenía un alto costo, demasiado caro para él: su apodo lo precedía. La gente sabía de “El Chiquito”, antes de conocer a Maxi. Odiaba, puteaba, se carcomía por dentro al escuchar ese tono burlón con el que sonaba “Chiquiiii”.
    Pero nunca, nunca jamás, dejó en claro que le molestaba.
    Hasta los guachines le decían Chiqui y la verdad que era el colmo: pibitos diciéndole Chiquito a un mono gigante, que los miraba con una sonrisa tristona mientras la sangre le hervía por dentro.
    A los 17 años el nivel del Chiqui era otra cosa, le hacía justicia a su fama. Cualquier local lo sabía. En las night sessions que tanto compartíamos – muchas veces mano a mano – el Chiqui te dejaba de cara. Donde se encendía, chau duda y pum, flip croketa, fluía de switch como si nada, lujitos de plaza te tiraba todos. Un show.
    Aunque era un show imposible de ver en los torneos o eventos, dónde el Chiqui volvía a ser el pibito tímido y vacilante. Esa indecisión maldita que lo hacía abortar, asustarse nosedequé porque el skate siempre le giraba perfecto para lo que fuera que intentara. Pero él le sacaba los pies de encima. Y donde erraba una vez. Se caía anímicamente y hasta de un bores se bajaba el Chiquito.
    “¡Dale Chiquito! ¡Ponele los pies!”, le agitaban de todos lados. Pero ahí estaba Maxi mirando al piso, arrastrando los pies y errando cualquier pavada que intentara. Parecía a propósito que se caía, te juro. Hasta a mí me daba bronca.
    Siempre había sido así, hasta el día que fuimos a competir a Rosario. ¡Mamma mia! !Qué cosa de locos! El Calle, con todo lo malo que tenía, se ofreció a llevarnos a todos en su camioneta, una F100 que era su orgullo. En Rosario se hacía un torneo amateur pesado, en un skatepark cerrado y el Calle no dudó en llevar a la bandita local a representar.
    No por nada los pibes le dicen Gozario, ¡qué fiesta era ese torneo! El primer premio para los varones era un viaje a Europa.
    Se iba a poner picante.
    Al entrar, el lugar era un bardo. Me fui a anotar y perdí a toda la banda. La banda, que me enteré después, también lo perdió al Chiqui. El resto se acomodó como pudo en las gradas, bastante alejados de la acción.
    En la compe a mí me fue muy bien. De por sí, competir no me cebaba mucho. La idea de que alguien juzgue tu nivel de skate no me parece algo muy auténtico, pero ya habíamos ido hasta allá. Además, con Maxi nos habíamos estado preparando en la semana: me había estado enseñando en nuestras sesiones nocturnas a hacer flip bores.
    Correr en esa pista estaba bueno. Al ser un skatepark cerrado, explotado de gente y con música a todo volumen, cuando te tocaba patinar no escuchabas nada más que barullo. Lo único que pude escuchar claramente fue el estallido del lugar cuando bajé el flip bores que me dio un 2do puesto, en lo que fue mi primer y último torneo amateur. Competir, como te digo, ni me ceba.Durante toda mi ronda busqué entre las gradas a Maxi pero el muy careta ni estaba por ahí. Creo que no vio mis pasadas y la verdad que ni me importa. Después de la categoría femenina empezaban los pibes y yo encaré para las gradas chocha con mi chantada. Cuando estaba subiendo, los pibes de la Chilaw -una de las crews más OG de Rosario- me llamaron para que me siente con ellos; me felicitaron por mis rondas y me ofrecieron acceso exclusivo a su heladerita cargada con latas, fernet y coca. Encima tenían una visión perfecta para las pasadas. Ahí pude ver por primera vez al Chiqui. Estaba entre todos los amateurs motivados y en llamas, calentando previo a que empiece su categoría. Venía bien, calladito pero firme. Menos mal que conseguí un buen lugar para ver esa fiesta de skateboarding nacional. Llamaron a la primera batería: pepito, pablito y no sé quién más. Y de repente: “Con 18 años, regular, visitante en nuestra pista, Maximo”, distinguí entre el barullo.
    “¡Es nuestro chiqui! Dale papá, ¡matala hermano!”, escuché que gritaba el Calle, ya en pedo, desde arriba. Pero claro, en la pista -te lo aseguro yo- no se escuchaba una goma.
    Sonaba raro escuchar Máximo sin que antes dijeran “el Chiqui”. Creo que yo era la única que le decía Maxi. Máximo no había escuchado nunca a nadie, ni a su madre.
    Desde mi lugar podía ver la cara de Maxi y fija que no se escuchaba nada porque ni miraba a las gradas, pero tampoco miraba al piso. Se notaba que ese ruido increíble lo tranquilizaba. Fue la primera vez que lo vi esa sonrisa frente a tanta gente. La misma que tenía reservada para mí desde aquella vez que le había dicho Maxi hacía como cuatro años.
    Hasta se paraba más erguido, más firme. Era otro. No quiero que suene como un bolazo, capaz fueron los cargados fernecitos que giraban con la Chilaw: “¡50/50! bien skatero”, me decían cuando lo armaban a puro fernet y casi nada de coca. 
    Pero algo había cambiado en él, yo lo veía.
    Pasó de tiro a las finales. Patinó a un nivel que pocas veces los pibes locales de nuestra pista habían visto. Patinó al nivel que yo estaba acostumbrada a ver cuando en la pista no había nadie más que nosotros dos y algunos tintillos.
    Las finales no fueron distintas para él. En las gradas la gente no lo podía creer, ¿de dónde había salido ese mono de 2 metros que parecía tosco pero se movía con una fineza especial?
    Recuerdo verlo fluir de una manera singular, conectar las pruebas por la pista con estilo, sin apurarse pero sin vacilar. En cada prueba que picaba se podían adivinar todas sus intenciones. No sólo sus intenciones, sino el inevitable éxito de todos sus intentos, en cada uno de sus tiros.
    Sus ojos se cruzaron con los míos por un segundo en la pasada final. Maxi había cambiado. Lo pude ver inmediatamente. Ya no bajaba la mirada, no se mordía los labios. Sólamente fluía y prueba tras prueba se iba sacando peso de encima. Ganó pop, seguridad y flow en el mismísimo torneo. Su primera pasada en las clasificaciones no se comparaba con la pasada final. Ni un rastro del Chiquito; este pibe era otro.
    Ganó. Entre el despelote de gente no volvimos a verlo hasta que terminó el evento y la multitud se dispersó un poco. Ya me había encontrado con mi banda cuando finalmente tuvimos al Chiqui cara a cara. No parecía él. Estaba serio, sonrisa corte de forrito agrandado. No se permitía celebrar del todo.
    “¡Chi-qui-to! ¡Chi-qui-to!”, agitaba la banda en un muy raro cantito futbolero, tratando de agarrarlo y obligarlo a saltar con nosotros, para festejar la victoria. Con los codos nos alejó a todos. Se tomó un momento para apoyar las bolsas de premios y el cheque gigante de cartón que confirmaba su pronta partida a Europa. Nos miró a todos de arriba a abajo y tiró:
    “Gracias por traerme, Calle, me vuelvo en bondi.”
    Nadie supo qué decir mientras juntaba sus cosas y arrancaba a patear para el otro lado. El Calle por primera vez dijo algo en lo que estuve de acuerdo: “¡Qué careta el Chiquito este!”.